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El turbo: averías y precauciones para sustituirlo correctamente

La sustitución de un turbocompresor es parte esencial en la actividad de un taller de reparación. Sin complejidad aparente, la intervención requiere algunas pautas de precaución fundamentales para que el resultado de la operación sea un éxito. Veamos cuáles son.

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El turbo

El turbocompresor se ha considerado como un componente exclusivamente dedicado a la potencia y sinónimo de pieza delicada y frágil.

Hoy representa una tecnología clave para aumentar las prestaciones y reducir el consumo y las emisiones de los vehículos. En los motores diésel de inyección directa permite —en algunos casos— reducir un 25 % el consumo de combustible en relación a motores atmosféricos de inyección indirecta comparables.

En los motores gasolina, el downsizing (concepto de reducción de cilindrada para potencia igual) favorece la difusión de los turbocompresores. El alto nivel de rendimiento de estos motores precisa aumentar la masa de aire de admisión, lo cual no es posible si no es con sobrealimentación.

Hoy en día, el 90 % de las motorizaciones diésel están equipadas con un turbocompresor, frente al 20 % de los motores de gasolina. La voluntad creciente de los constructores de equipar los vehículos con motorizaciones downsizing se traduce en un aumento de este fenómeno.

Fiable pero con condiciones

Teóricamente, el turbocompresor tiene la misma duración que el motor, pero se constata que el mercado de la reparación tiene otra tendencia.

Esto se debe a que el turbo solo puede funcionar eficazmente en un contexto mecánico global preciso, en el que el mantenimiento y el seguimiento de la mecánica son importantes. Esto hace que la sustitución del turbocompresor represente una parte nada despreciable de la actividad de taller además de una formidable oportunidad para el mercado del recambio.

Más que otro componente, el turbo exige un mantenimiento sin falta de la mecánica sobre la cual está montada; si no, la avería puede aparecer muy rápidamente. Por eso, resulta imprescindible observar escrupulosamente el programa de mantenimiento suministrado por los constructores, la frecuencia de vaciado del aceite y su calidad, la sustitución del filtro de aceite, la limpieza de los diferentes conductos de admisión de aire y el cambio regular del filtro de aire. El sistema de filtro de aire tiene aquí una importancia capital, ya que ninguna partícula, por ínfima que sea, debe penetrar en el turbocompresor.

Estar seguro del origen de la avería

Los fabricantes y los especialistas de la sobrealimentación tienen el mismo discurso técnico y la opinión es unánime sobre este punto: los bajos rendimientos y las avería del motor se atribuyen frecuentemente a un problema de turbo cuando en realidad está en perfecto estado de marcha.

Asimismo, el turbo tiene una reputación de fragilidad injustificada puesto que se sabe que la gran mayoría de las roturas se deben a una mala lubricación, a una filtración de aire ineficaz o a una línea de escape deficiente.

Sustituir un turbo roto por uno nuevo o reacondicionado solo constituye una solución a corto plazo. Es capital comprobar primero si el turbo ha sucumbido a un desgaste “normal” o si el origen de la avería es exterior al componente mismo, lo que recordamos, representa la gran mayoría de los casos.

Por ello, el turbo se debe montar solamente después de un control y eliminación de todas las opciones posibles.

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Las causas de las averías del turbo

Las causas y orígenes de averías de un turbo pueden ser muchas, pero los especialistas destacan tres factores fundamentales: la alimentación, la refrigeración y la lubricación del motor.

1. La alimentación se comprueba a través de una filtración defectuosa o nula del aire admitido; es decir, que existen partículas que entran en contacto con la turbina y la dañan.

2. La refrigeración, con un circuito calcificado o mal purgado, puede ser el origen de un sobrecalentamiento puntual o recurrente del turbo, cuyas temperaturas normales de funcionamiento llegan a los 1000 ºC.

3. En cuanto a la lubricación, la calidad del aceite y el rendimiento de su filtración son determinantes y representan el principal enemigo de los turbocompresores. Y es que un aceite de baja calidad, incorrectamente filtrado o poco renovado no será directamente responsable de una avería a corto plazo pero sí lo será de un desgaste prematuro.

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No olvidarse de nada

Sustituir un turbo no es complicado, según la mayor parte de los mecánicos profesionales. Sin embargo, conviene en cuenta ciertas precauciones y, sobre todo, una anticipación de los riesgos de averías potenciales. También es necesario repasar los puntos siguientes:

- Comprobar el colector y los conductos de escape para verificar su estanqueidad (ausencia de fisuras o de inicio de roturas) y la ausencia de todo cuerpo extraño, por pequeño que sea.

- Comprobar el circuito de admisión de aire, su estanqueidad y sustituir sistemáticamente el filtro de aire.

- Comprobar el estado y la limpieza de los conductos de alimentación y de retorno de aceite del turbo. Si hay que sustituirlos, habrá que proceder sin dudarlo, especialmente cuando un flexible presente roce, curvatura o un pinzamiento, que puede taponar la presión de aceite.

- Vaciar el aceite motor y cambiar el filtro de aceite.

- Controlar la calidad de los planos de junta del conjunto del colector de escape al turbo e incluso del colector del motor.

En cuanto al montaje, es obligatorio inyectar el contenido de la jeringa de aceite suministrada directamente en el turbo, y girar a mano la turbina para cebar la lubricación. Una vez el conjunto de los conductos unidos al turbo, arrancar el motor y dejarlo girar al ralentí para comprobar su perfecta estanqueidad y el aumento de presión del circuito de aceite.

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